Venezuela y la política electoral irracional de Trump
Venezuela y la política electoral irracional de Trump

Venezuela y la política electoral irracional de Trump

Las elecciones siempre tienen un efecto interesante en las políticas públicas, en particular si la persona encargada de diseñar e implementar una determinada estrategia está compitiendo para la reelección.

En política, es lógico que un candidato decida mostrar medidas y logros exitosos mientras minimiza las fallas o deficiencias. Sin embargo, lo que es irracional es que un candidato insista en presentar, preservar y profundizar una política que ha resultado ser un fracaso, que el propio candidato solo apoya a medias. Este es el caso de la actual política fallida del gobierno de Trump hacia Venezuela, que se está reforzando a pesar de su fracaso, mientras se descarta un enfoque más apropiado: el diálogo.

El 23 de enero de 2019, como señala John Bolton en sus controvertidas memorias, los asesores de Trump presionaron para que el gobierno de EE. UU. reconociera como “presidente interino” a un joven político desconocido, Juan Guaidó, que representaba al partido Voluntad Popular de Leopoldo López, el aliado clave de Washington y que planeó las violentas protestas de 2014 y 2017. En lugar de producir un cambio de gobierno, esta acción llevó a la decisión de Venezuela de romper relaciones diplomáticas con Estados Unidos. El reconocimiento de Guaidó ha arrastrado al gobierno de Estados Unidos, así como a muchos de sus aliados subordinados, a un camino de fracaso tras fracaso en su política de cambio de régimen. Además, también ha arrastrado al pueblo de Venezuela a través de un bloqueo brutal que ha erosionado sus niveles de vida y ha afectado seriamente su bienestar.

En el transcurso de 2019, el gobierno de Trump imaginó que todo el mundo se sumergiría en un estado colectivo de negación, dejaría de reconocer al gobierno constitucional del presidente Nicolás Maduro y, en cambio, reconocería a Guaidó, quien en la práctica ni siquiera ejerce el control de ninguna institución en Caracas. Un mes después de su autoproclamación, Guaidó, con el apoyo y la propaganda de Estados Unidos, intentó forzar la entrada de la presunta ayuda humanitaria en el país mientras esperaba que las Fuerzas Armadas traicionaran al presidente Maduro. Fallaron. El 30 de abril, Guaidó y López, con el apoyo de sus socios estadounidenses y militares desertores, lideraron un intento de golpe fallido confiando en el apoyo de funcionarios públicos, apoyo que nunca llegó. Esto llevó a Bolton a enviar tuits desesperados y a Elliott Abrams a quejarse porque sus llamadas telefónicas no fueron respondidas. Fracasaron nuevamente.

Hoy, más de dos tercios de los estados miembros de Naciones Unidas todavía reconocen al gobierno legítimo de Venezuela y es el propio Trump quien está dudando sobre su elección errática de Guaidó.

Sin embargo, el año 2020 llegó con un desafío imprevisto: la pandemia del COVID-19. La apuesta de reelección de Trump no contaba con el grave impacto que tendría esta crisis de salud en uno de los puntos fuertes de su campaña, la economía. Aún menos podría haber imaginado el costo que esta pandemia tendría en toda la población: hasta la fecha, más de 150,000 muertes se han atribuido oficialmente al COVID-19. Una crisis de más de 45 millones de desempleados está afectando gravemente a Estados Unidos. Se han producido protestas masivas en todo el país desde el asesinato de George Floyd, un hombre afroestadounidense, a manos de la policía. Pero son mucho más que protestas contra la discriminación sistémica: son protestas contra un sistema que ha abandonado a la mayoría de sus ciudadanos pobres.

Trump tuvo en sus manos una oportunidad de oro para mostrar liderazgo, admitir las deficiencias del sistema y lanzar un proceso sin precedentes que redirigiría las prioridades de la nación, reduciría la militarización agresiva de la policía y de la política exterior, y crearía una estrategia sólida de ayuda a los trabajadores, además del fortalecimiento del sistema de salud.

En cambio, Trump se hundió en un laberinto donde la desesperación por ganar la reelección nubla su pensamiento y, en lugar de recurrir a una política interna sólida, ha optado por culpar a los enemigos extranjeros y desviar la atención del mal manejo catastrófico de la situación.

Primero, culpó a China y recurrió a una narrativa racista, con aires de la Guerra Fría, como si esto hiciera algo para ayudar a la población estadounidense que sufre. A fines de marzo, a medida que aumentaba el número de muertos, Trump anunció que estaba intensificando su campaña de “máxima presión” contra Venezuela. En menos de una semana, un hombre que ayudó a justificar la invasión de Panamá en 1989 y que ahora dirigía el Departamento de Justicia, presentó acusaciones contra el presidente Maduro y otros líderes de la Revolución Bolivariana por “narcoterrorismo”, creando una recompensa de 15 millones de dólares por la cabeza del presidente Maduro, como en el “salvaje oeste”.

Luego, el Departamento de Estado (cancillería) de Trump, a través de la voz de Elliott Abrams (cuya participación en el escándalo Irán-Contra y la masacre en El Mozote, El Salvador, es notoria), propuso un “marco de transición democrática” basado en el principio de deslegitimar las elecciones democráticas del presidente Maduro en 2018. Ofreció una negociación donde la separación del cargo del mandatario no era negociable. Finalmente, Trump ordenó el mayor despliegue de militares estadounidenses en el Mar Caribe desde la invasión de Panamá, con el pretexto de combatir el narcotráfico desde Venezuela. Esto, en circunstancias en que los registros del Departamento de Defensa de EE. UU. muestran que la ruta principal de las drogas ilegales a los Estados Unidos es a través del Océano Pacífico, en el cual Venezuela no tiene costa.

En mayo, un grupo de mercenarios intentó una incursión en las costas venezolanas. Dos de ellos eran ex boinas verdes de EE. UU. que confesaron haber sido contratados por una empresa de seguridad estadounidense llamada SilverCorp. El CEO de esta firma divulgó un contrato con la firma de Guaidó y sus colaboradores para llevar a cabo acciones en Venezuela destinadas a deponer al presidente Maduro de su cargo y atacar a otros líderes revolucionarios. Esto también fracasó y ha sido seguido por intentos para intimidar y bloquear efectivamente a los socios comerciales de Venezuela para que no envíen productos altamente necesitados, incluida gasolina, que en tiempos de pandemia es clave para transportar suministros médicos, personal y alimentos en todo el país.

Venezuela se ha mantenido firme contra todos estos ataques. La solidaridad internacional de países como Cuba, China, Rusia, Irán y Turquía ha sido clave. Las medidas enérgicas y una población organizada y de espíritu comunitario han permitido que Venezuela siga siendo uno de los países con el menor número de muertes y casos activos de COVID-19 en la región. En marcado contraste, mientras Washington impone la represión a ciudades como Portland (que ha sufrido el despliegue de agentes de la policía federal), los venezolanos volverán a las urnas en diciembre con la esperanza de elegir un Parlamento renovado que refleje mejor las fuerzas políticas en el país. Y con un liderazgo que no esté comprometido con la promoción de sanciones y bloqueos contra su propio país, como lo ha hecho Guaidó.

En la visión distorsionada de la realidad que Trump y sus asesores tienen sobre la coyuntura actual, existe la creencia de que las políticas de línea dura y cambio de régimen contra Venezuela conducirán al éxito electoral en Florida y, por lo tanto, en todo el país. Sin duda que a algunos miembros de la base de apoyo de Trump les gustaría ver un golpe de Estado en Venezuela. Pero después de fracasos tras fracasos, a estas alturas ya debería estar claro que Venezuela no se está moviendo en esa dirección. Seguir intentando soluciones torpes solo repetirá pasadas frustraciones. Una política sólida hacia Venezuela tiene que estar en línea con las aspiraciones del pueblo venezolano y con el interés real del pueblo estadounidense. Los venezolanos quieren paz, diálogo y soluciones políticas.

A Trump le iría mejor si siguiera su instinto inicial de dialogar con el presidente Maduro. Un diálogo respetuoso con Venezuela está más en línea con los intereses del electorado estadounidense. En lugar de gastar el dinero de los contribuyentes estadounidenses en aventuras fallidas y en carteles de drogas inventados, esos fondos podrían gastarse mejor enfrentando la pandemia y otras necesidades de Estados Unidos.

Políticas sólidas son más conducentes a la reelección. Las estrategias de cambio de régimen solo conducirán a más fracasos.


A Venezuela e a política eleitoral irracional de Trump

As eleições sempre têm um efeito interessante nas políticas públicas, principalmente se a pessoa encarregada de projetar e implementar uma certa estratégia estiver competindo pela reeleição.

Na política, é lógico que um candidato decida mostrar medidas e realizações bem-sucedidas, minimizando falhas ou deficiências. No entanto, o que é irracional é que um candidato insista em apresentar, preservar e aprofundar uma política que acabou sendo um fracasso, que o próprio candidato apenas apoia pela metade. É o caso da atual política fracassada do governo Trump em relação à Venezuela, que está sendo reforçada apesar de seu fracasso, enquanto descarta uma abordagem mais apropriada: o diálogo.

Em 23 de janeiro de 2019, como John Bolton aponta em suas controversas memórias, os assessores de Trump fizeram lobby para que o governo dos EUA reconhecesse como “presidente interino” um jovem político desconhecido, Juan Guaidó, que representava o partido Voluntad Popular, de Leopoldo López, o principal aliado de Washington e que planejou os violentos protestos de 2014 e 2017. Em vez de produzir uma mudança de governo, essa ação levou à decisão da Venezuela de romper as relações diplomáticas com os Estados Unidos. O reconhecimento de Guaidó arrastou o governo dos Estados Unidos, bem como muitos de seus aliados subordinados, por um caminho de fracasso após fracasso em sua política de mudança de regime. Além disso, também arrastou o povo da Venezuela através de um bloqueio brutal que corroeu seus padrões de vida e afetou seriamente seu bem-estar.

No decorrer de 2019, o governo Trump imaginou que o mundo inteiro mergulharia em um estado coletivo de negação, não reconheceria mais o governo constitucional do presidente Nicolás Maduro e, em vez disso, reconheceria Guaidó, que na prática nem sequer exerce controle de qualquer instituição em Caracas. Um mês depois de sua autoproclamação, Guaidó, com o apoio e a propaganda dos Estados Unidos, tentou forçar a entrada da suposta ajuda humanitária no país enquanto esperava que as Forças Armadas traíssem o presidente Maduro. Eles falharam. Em 30 de abril, Guaidó e López, com o apoio de seus parceiros militares e americanos desertos, lideraram uma tentativa frustrada de golpe, contando com o apoio de funcionários públicos, um apoio que nunca veio. Isso levou Bolton a enviar tweets desesperados e Elliott Abrams a reclamar que seus telefonemas não foram atendidos. Eles falharam novamente.

Hoje, mais de dois terços dos Estados membros das Nações Unidas ainda reconhecem o governo legítimo da Venezuela e é o próprio Trump quem está duvidando de sua eleição errônea de Guaidó.

No entanto, o ano de 2020 veio com um desafio imprevisto: a pandemia do COVID-19. A aposta na reeleição de Trump não contava com o sério impacto que esta crise de saúde teria em um dos pontos fortes de sua campanha, a economia. Ainda menos ele poderia imaginar o custo que essa pandemia teria para toda a população: até o momento, mais de 150.000 mortes foram oficialmente atribuídas ao COVID-19. Uma crise de mais de 45 milhões de desempregados está afetando seriamente os Estados Unidos. Houve protestos maciços em todo o país desde o assassinato de George Floyd, um homem afro-americano, pela polícia. Mas são muito mais que protestos contra a discriminação sistêmica: são protestos contra um sistema que abandonou a maioria de seus cidadãos pobres.

Trump teve uma oportunidade de ouro em suas mãos para mostrar liderança, admitir as deficiências do sistema e iniciar um processo sem precedentes que redirecionaria as prioridades da nação, reduziria a militarização agressiva da polícia e da política externa e criaria uma estratégia sólida de ajuda aos trabalhadores, além do fortalecimento do sistema de saúde.

Em vez disso, Trump mergulhou em um labirinto onde o desespero de vencer a reeleição obscurece seu pensamento e, em vez de recorrer a políticas domésticas sólidas, optou por culpar os inimigos estrangeiros e desviar a atenção da má gestão catastrófica da situação.

Primeiro, ele culpou a China e recorreu a uma narrativa racista, com ares de Guerra Fria, como se isso fizesse algo para ajudar a população americana que sofria. No final de março, quando o número de mortos aumentou, Trump anunciou que estava intensificando sua campanha de “pressão máxima” contra a Venezuela. Em menos de uma semana, um homem que ajudou a justificar a invasão do Panamá em 1989 e agora chefiava o Departamento de Justiça, apresentou queixas contra o presidente Maduro e outros líderes da Revolução Bolivariana por “narcoterrorismo”, criando uma recompensa de 15 Milhões de dólares pela cabeça do presidente Maduro, como no “Oeste Selvagem”.

Então o Departamento de Estado (chancelaria) de Trump, através da voz de Elliott Abrams (cuja participação no escândalo Irã-Contra e no massacre em El Mozote, El Salvador, é notória), propôs uma “estrutura de transição democrática” baseada no princípio de deslegitimar as eleições democráticas do presidente Maduro em 2018. Ele ofereceu uma negociação em que a separação do cargo do presidente não era negociável. Por fim, Trump ordenou a maior mobilização das Forças Armadas dos EUA no Mar do Caribe desde a invasão do Panamá, sob o pretexto de combater o narcotráfico na Venezuela. Isso, nas circunstâncias em que os registros do Departamento de Defesa dos EUA mostram que a principal rota de drogas ilegais para os Estados Unidos é através do Oceano Pacífico, em que a Venezuela não tem costa.

Em maio, um grupo de mercenários tentou uma invasão na costa venezuelana. Dois deles eram ex-boinas verdes dos EUA que confessaram ter sido contratados por uma empresa de segurança americana chamada SilverCorp. O CEO desta empresa divulgou um contrato com a empresa de Guaidó e seus colaboradores para realizar ações na Venezuela destinadas a remover o presidente Maduro do cargo e atacar outros líderes revolucionários. Isso também falhou e foi seguido por tentativas de efetivamente intimidar e bloquear os parceiros comerciais da Venezuela para que não enviassem produtos altamente necessários, incluindo gasolina, que em tempos de pandemia é a chave para o transporte de suprimentos médicos, pessoal e alimentos em todo o país.

Trump estaria melhor se seguisse seu instinto inicial de dialogar com o presidente Maduro. Um diálogo respeitoso com a Venezuela está mais de acordo com os interesses do eleitorado americano.

A Venezuela se manteve firme contra todos esses ataques. A solidariedade internacional de países como Cuba, China, Rússia, Irã e Turquia tem sido fundamental. Medidas enérgicas e uma população organizada com espírito comunitário permitiram à Venezuela continuar sendo um dos países com o menor número de mortes e casos ativos de COVID-19 na região. Em contraste, quando Washington reprime cidades como Portland (que sofreu o destacamento de policiais federais), os venezuelanos retornarão às urnas em dezembro, na esperança de eleger um parlamento renovado que reflita melhor as forças políticas no país. E com uma liderança que não está comprometida em promover sanções e bloqueios contra seu próprio país, como Guaidó fez.

Na visão distorcida da realidade que Trump e seus conselheiros têm sobre a situação atual, acredita-se que políticas rígidas e mudança de regime contra a Venezuela levarão ao sucesso eleitoral na Flórida e, portanto, em todo o país. Certamente alguns membros da base de apoio de Trump gostariam de ver um golpe na Venezuela. Mas, depois de fracassos após fracassos, já deveria estar claro que a Venezuela não está se movendo nessa direção. Continuar tentando soluções desajeitadas só repetirá frustrações do passado. Uma política sólida em relação à Venezuela deve estar alinhada com as aspirações do povo venezuelano e com o real interesse do povo americano. Os venezuelanos querem paz, diálogo e soluções políticas.

Trump estaria melhor se seguisse seu instinto inicial de dialogar com o presidente Maduro. Um diálogo respeitoso com a Venezuela está mais de acordo com os interesses do eleitorado americano. Em vez de gastar o dinheiro dos contribuintes americanos em aventuras fracassadas e em cartéis de drogas inventados, esses fundos poderiam ser melhor gastos com a pandemia e outras necessidades dos Estados Unidos.

Políticas sólidas são mais propícias à reeleição. As estratégias de mudança de regime levarão apenas a mais fracassos.

Un comentario

  1. Excelente material Ministro Arreaza debiera difundirlo usted a los consejos comunales• Que algunos integrantes de los consejos «a veces se les olvida» ¿Qué es ser chavita?
    En mi juventud jamás yo miré a Chávez en persona, ni me pasaba por mi cabesita leer y comprenderlo ¿Quién era ser Chávez? y en todos estos años he comprendido y quizás usted a mi me raspe profe por la respuesta – yo en mi aprecida vida cómo estudiante e observado ; Que Chávez era un profundo padre loco, enamorado•Mis bendiciones para usted gracias por compartir sus enseñanzas•

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